Daniel tiene 21 años, es sepulturero, lector y recolector de historias. Desde que tenía 7 años empezó a visitar la Biblioteca Familia Villatina, al principio por acompañar a su amigo Emmanuel, luego porque descubrió una pasión que aún lo acompaña: el conocimiento a través de la lectura. Desde muy “pelao” se interesó en los grupos […]

Daniel tiene 21 años, es sepulturero, lector y recolector de historias. Desde que tenía 7 años empezó a visitar la Biblioteca Familia Villatina, al principio por acompañar a su amigo Emmanuel, luego porque descubrió una pasión que aún lo acompaña: el conocimiento a través de la lectura.

Desde muy “pelao” se interesó en los grupos de periodismo, porque sentía gran acogida y amabilidad por parte de las personas que atienden la biblioteca. Comenta mientras recuerda con cariño a Martha, la promotora de ese entonces, que “Por mi personalidad casi no salía, lo bueno es que con radioactivos (el taller de periodismo), salimos a andar por todo el barrio; nos enseñaron cuáles fueron las primeras tiendas, nos contaron sobre la avalancha que hubo acá en Villatina, estuvimos con personas de la tercera edad que nos contaron la historia del barrio; la biblioteca nos ayuda a conocer todas estas cosas y además a conocerse a sí mismo”.

Cuenta que al principio no leía mucho, pero a medida que le fueron enseñando libros chéveres, los fue apreciando y así comenzó a estructurar su mente. Emocionado plantea que “la lectura es un privilegio”, y que a medida que fue creciendo participó en distintos talleres donde aprendió sobre escritura, fotografía, teatro y muchos otros temas.

“La biblioteca para mí es un espacio donde uno puede aprender muchas cosas y estar al lado de la casa; donde no hay necesidad de dar un centavo, solo tener ganas de ir y aprender”; dice Daniel, mientras cuenta como todos estos aprendizajes le posibilitan hoy ver en su trabajo como sepulturero un montón de historias para narrar a otros.

Por eso, durante el 2018 participó del taller de crónica, dictado por Ratón de Biblioteca con el apoyo de la Fundación Familia, donde aprendió una nueva herramienta que le da voz, pues “me permite dejar plasmado en el papel esas cosas que veo día a día en mi trabajo y que para otros resultan muy interesantes porque a veces hablar de cementerios, brujería, asesinatos, es un tabú pero llama mucho la atención”.

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