Mira la crónica del joven lector Santiago Ramírez

Era sábado 9 de junio 9:00 de la mañana, salimos hacia el centro de la ciudad; mi padre, mi hermano y yo, el ambiente se sentía raro esa mañana no había niños en la cuadra y había algunas señoras reunidas con cara de preocupación, como íbamos tan apresurados no paramos a ver qué era lo que pasaba, pues esos temas son más de mamá y ella nos llamaría o contaría al regresar.

Bajamos por el callejón, atravesamos La Galán, caminamos una cuadra más y llegamos a la estación Berlín del metro plus, pasamos la cívica y entramos a la línea 2 para llegar al centro. Era tan temprano que solo algunas tiendas estaban abiertas, había pocas personas  uno que otro señor y señora, y unos muchachos que iban para la universidad. Llegamos a la playa, pasamos por toda la avenida Oriental y aunque todo estaba muy vacío se veían varios habitantes de calle deambulando, pidiendo un café con pan o buñuelo y levantando sus cambuches.

Atravesamos el Parque Berrío y llegamos a la media naranja para comprar algo de ropa que nos iban a obsequiar, recorrimos otros lugares y fuimos a almorzar a un restaurante no muy agraciado, pero con una sazón y gran atención.

Una llamada nos sacó de nuestro día con papá, mi mamá le avisaba que la calle se estaba hundiendo. Sin poder comprar más y disfrutar nos fuimos para la casa.  Había gritos y dos tripulaciones de bomberos realizando la inspección del lugar, con una cinta amarilla estaban cerrando  la calle donde ellos creían que estaba en alto riesgo.

Había mucha lluvia, las calles se veían desoladas, las casas perjudicadas se partieron por la mitad, y la quebrada se llevaba todo lo que a su paso encontraba, el resto quedó en el barro, en realidad parecía de película, de hecho en una de ellas había una fuga de gas, un señor bastante insensato que fue hasta el lugar se estaba fumando un cigarrillo, las señoras que se alertaron de lo que sucedía lo hicieron retirar y apagarlo. El olor a gas persistía y era tan fuerte e impregnaba el ambiente que mi abuela se tuvo que ir para donde un tío. Mientras nosotros desde afuera orábamos para que no siguiera cediendo la tierra, hasta que los bomberos encargados nos pidieron que nos entráramos por el alto riesgo que generaban los cables de la energía, pues un poste estaba a punto de caerse.

Ese día fueron algunos los damnificados, otros quedamos con mucha zozobra y dormimos poco por lo cercanos que estábamos al deslizamiento, los que quedaron sin hogar tuvieron que buscar refugio con un familiar o amigo cercano, otros tuvieron que desalojar por el alto riego e irse a otros barrios o lugares.

Por ahora nosotros ni sufrimos consecuencias ni fuimos desalojados de nuestra casa. Después de hablar mucho del tema, de que saliera hasta por los medios de comunicación, sabemos que podemos estar tranquilos, pues donde ocurrió el incidente era una zona en alto riesgo y la quebrada estaba además muy cerca. El deslizamiento en el barrio Villa Guadalupe. También ocasionó afectaciones en una vía, y nunca sabremos hasta cuándo podremos seguir habitando nuestras casas porque sin querer cada temporada de lluvia vuelve la incertidumbre a nuestros hogares.

Autor:
Santiago Ramírez Pulgarín
Usuario Centro de Lectura Villa Guadalupe
Participante del club de lectura de la Fundación Ratón de Biblioteca

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